Mi médico me recetó un viaje a Marte

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Un artículo publicado recientemente en la revista PLoS Pathogens comenta el posible riesgo sanitario que supondría colonizar planetas más cálidos como Venus, mientras que una mudanza al frío Marte podría suponer un menor peligro para nuestra salud. Con estas sentencias, el autor trata de llamar la atención de los investigadores sobre la importancia de estudiar la temperatura como arma inmunitaria frente a las infecciones por patógenos.

Muchas de las enfermedades infecciosas que nos afectan actualmente nos las contagian los animales con los que convivimos (perros, gatos, ganado, etc.). La mayoría de bacterias, virus o parásitos que atacan a nuestros amigos con patas también pueden infectarnos a nosotros, y todo gracias a la evolución. Me explico: los patógenos que en un principio vivían en el aire o el suelo a temperaturas de unos 20 ºC han conseguido aclimatarse a la temperatura más alta de los animales, creciendo dentro de ellos y causándoles enfermedades. En evolución, esto se llama “adaptación”, y decimos que los microbios “se han adaptado a altas temperaturas”. Como nuestro cuerpo tiene una temperatura similar a la de nuestros animales domésticos, el contagio de enfermedades de animales a humanos se ve facilitado. Entonces, si se descubre vida en Marte, donde la temperatura media es de -80 ºC, ¿sus microbios no nos afectarían? Según este artículo, y desde un punto de vista muy simplista, sí, quizá Marte sea un planeta idóneo para permanecer libres de enfermedades infecciosas.

 

La importancia de estudiar la fiebre

La subida de temperatura corporal o fiebre es una de las respuestas de nuestro sistema inmunitario frente al ataque de patógenos. Se origina como consecuencia de la producción por parte de nuestras células de citoquinas, pequeñas proteínas que regulan el crecimiento y la actividad celular durante la respuesta inmune. Estas proteínas hacen que en nuestro sistema nervioso central se generen unos lípidos llamados prostaglandinas, responsables finales del aumento de la temperatura corporal. Parece que dicho aumento de temperatura ayudaría en sí mismo a frenar el crecimiento de los patógenos en nuestro cuerpo, como si de una cárcel térmica se tratara. Así, si la temperatura máxima a la que un determinado patógeno puede crecer es de 37 ºC, una fiebre de 39 ºC haría de nosotros un lugar poco idóneo para la vida del microbio. De hecho, ya en los años 30 se trataban enfermedades como la sífilis y la gonorrea mediante la inducción de la fiebre en los pacientes, aunque con el tiempo estos tratamientos se sustituyeron por terapias antimicrobianas más efectivas.

La mayoría de investigadores centran sus estudios en los efectos que tiene la fiebre sobre el correcto funcionamiento de nuestro sistema inmune, haciéndolo más agresivo frente a los patógenos. Sin embargo, pocos estudian el efecto de la temperatura en sí misma como mecanismo de ataque. Según el autor, esto se debe a la complicación de aislar ambas variables cuando el metabolismo de nuestras células se ve tan afectado por los cambios de temperatura. Por ejemplo, un aumento de temperatura de solo dos grados puede incrementar el metabolismo celular en un 20%, lo que da lugar a cambios en el crecimiento o la movilidad celular y, por consiguiente, en la respuesta inmune.

Yo, por si acaso, esperaré a que se investigue más antes de sacarme el billete a Marte.

Puedes leer más en:
http://journals.plos.org/plospathogens/article?id=10.1371/journal.ppat.1005577
http://cid.oxfordjournals.org/content/31/Supplement_5/S178.full
photo credit: <a href=”http://www.flickr.com/photos/11279883@N00/26291992780″>Mars I by Frank R. Paul</a> via <a href=”http://photopin.com”>photopin</a&gt; <a href=”https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.0/”>(license)</a&gt;
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